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La conquista de la ciudad de Valencia en 1238

por el rey D. Jaime I el Conquistador, y el consiguiente
establecimiento del Reino de Valencia, se producen
en un momento en que el Gótico ya ha alcanzado su
plenitud en Europa y en el resto de España. Es pues
consecuente que el desarrollo del arte vaya encabezado
por la arquitectura, que comienza dejando patente su
condición religiosa frente al enemigo musulmán. Ello
explica que los primeros edificios fueran iglesias sobre
los solares de anteriores mezquitas, conventos para las
órdenes tanto militares como regulares y especialmente
el edificio insigne de La Catedral.
Un simple repaso por las calles de la ciudad nos enseña
la Iglesia de San Juan del Hospital, el convento de los
Dominicos, y el comienzo de la Catedral, que se inicia
por la cabecera desde la Puerta de la Almoina, donde
todavía campean las formas de un románico retardatario
pero perfectamente asumido en Aragón, y que incluye
una escultura en capiteles y arquivoltas de gran riqueza
ornamental, recordando la abstracción geométrica de la
tradición bárbara.
El proceso histórico a lo largo del siglo XIV es propicio
a una ciudad que queda al margen de los problemas
políticos de Aragón y Cataluña, por lo que ve afianzado
su potencial comercial en el Mediteráneo. Además, la
burguesía urbana cobra auge con la artesanía, mientras la
agricultura aprovecha la tradición morisca utilizando una
mano de obra experta y sumisa. Es el gran momento de
la construcción de las parroquias en torno a la Catedral,
que ensayan nuevas fórmulas espaciales como por
ejemplo la Iglesia de Santa Catalina.
A esto unimos el talante aúlico de los monarcas de
Aragón, que además de defender a la ciudad frente a las
pretensiones castellanas deja magníficas obras como las
Torres de Serranos y Quart.
En este contexto de predominio comercial y urbano se
justifica, pues, un edificio como La Lonja, precisamente
levantada para albergar las transacciones comerciales
y bancarias que se extienden a lo largo y ancho del
mundo conocido. Y tampoco extraña la necesidad de
dar refrendo a un Reino dotándole de un “casal” en
donde concentrar las acciones jurídicas, representativas
y económicas propias con el proyecto del Palacio de la
Generalidad.
A lo largo del siglo XV, estas circunstancias se ven
arropadas por personajes influyentes y decididos a
potenciar el Arte, como es el caso del rey Alfonso V el
Magnánimo, protector de pintores como Jacomart o la
familia de Rodrigo de Borja, luego Papa Alejandro VI
que, además de procurar la ampliación de la Catedral,
introdujo artistas que conocían las nuevas modas del
Renacimiento, dando paso a nuestra propia escuela de
pintores renacentistas.
La prueba más palpable de la pujanza económica
y cultural de la Valencia del siglo XV la tenemos en
la magnífica colección de retablos para conventos,
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